24 de agosto.
Todo lo bueno se acaba y nuestro viaje no iba a ser menos. Y qué mejor lugar para terminar que en uno en el que son expertos en finales felices: Disneylandia, antes conocida como Eurodisney. Dindilaria para nosotros.
Pero no os penséis que nos vamos a poner ñoños a estas alturas. Siguiendo con la tónica habitual de este blog, tenemos unas cuantas cosas que decir de Disneylandia que no van a gustarle nada a ese cerdo arrogante de Mickey Mouse.
Para empezar, ni todas las lucecitas de colores ni todas las cabalgatas del mundo pueden esconder el hecho de que esto sigue siendo Francia, y por lo tanto aquí no somos bien recibidos. Ya antes de entrar, el gabacho cabrón que debería habernos vendido las entradas con una sonrisa de oreja a oreja, nos despreció cuando pasamos mal la tarjeta por el datáfono. “¿Qué pasa, que en España no usáis tarjetas?”. Y eso fue lo único que se dignó decirnos en Inglés, aunque le dijimos que no entendíamos francés.
Pero lo más duro fue comprobar que el Pato Donald ha caído en desgracia. Tal vez ha sido el único que ha tenido el valor de decir la verdad: que Hanna Montana es una mierda y que High School Musical apesta. Tal vez los directivos de Disney se hayan cansado de él porque no ha aprendido a hablar bien en 75 años. No sabemos cuál es el motivo, pero lo cierto es que el pobre Donald no estaba por ninguna parte. Por no tener no tenía ni carroza en el desfile final. Y a nosotros esto nos indigna. ¡Queremos que vuelva Donald!
De todas maneras hay que admitir que Dindilaria ha sido un final bastante apoteósico después de 54 días viviendo en la Pingüineta. 54 días que repetiríamos ahora mismo sin pensarlo un segundo. Que coño, ni medio.




Escrito por aversillegamos