Tallín

08/16/2009

12 de agosto.

Pasamos nuestra noche número 40 de viaje durmiendo en un parking del puerto de Helsinki. Por la mañana madrugamos para coger el ferry que nos lleva a Tallin. Como resulta que el concepto de ferry que tienen los nórdicos se parece más al casino de Torrelodones que a un barco de pasajeros, hacemos todo el trayecto sentados en el suelo, bajo unas escaleras de ese templo flotante de la ludopatía y el consumismo desenfrenados. 

Podríamos habernos jugado nuestras riquezas en alguna máquina y haber llegado a Tallín como muchimillonarios, pero a estas alturas sabemos que nuestro fuerte no es la suerte. La lluviaza padre que se nos viene encima nada más desembarcar en Estonia nos da la razón. 

Por suerte, Tallín resulta ser una ciudad espectacular. Los estonios están tan contentos de haber entrado en la Unión Europea, que han tirado la casa por la ventana y han dejado el casco medieval de Tallín tan bien restaurado que parece más un parque temático que una ciudad.

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Para terminar de arreglarlo, aquí la cerveza tiene un precio medio razonable, así que aprovechamos el viaje para reponer nuestras existencias con 24 latas. Pueden parecer muchas, pero os aseguramos que somos, con mucho, los que menos alcohol llevamos en el ferry de vuelta a Helsinki. Y es que se da la gilipollesca situación de que los finlandeses producen cerveza, la exportan a Estonia y después viajan hasta allí para comprar su propia cerveza. No hay que ser un experto en economía para darse cuenta de que esta gente está loca.